Catherine Areán*
El artículo reflexiona sobre las desigualdades de género en el acceso a la ciudad y destaca la organización cooperativa como herramienta para fortalecer derechos, redes y autonomía.
“Mujeres cooperativistas, juntas somos más. Porque la lucha es política y es colectiva”. Este es el lema que nuestra Comisión de Género de FECOVI propone para este 8 de marzo. Una consigna que nos recuerda algo fundamental, las transformaciones no ocurren de manera individual, sino a partir de la organización colectiva y de la construcción de espacios donde las mujeres podamos fortalecer nuestras redes, nuestras voces y nuestras luchas.
Tal como hemos planteado en reflexiones anteriores, el 8 de marzo no es una fecha de celebración, sino una jornada de memoria y de lucha. Es el día en que los movimientos feministas del mundo entero visibilizan las desigualdades que aún persisten en todos los ámbitos de la vida social, económica y política. También es una oportunidad para preguntarnos qué lugar ocupamos las mujeres y disidencias en los procesos de transformación social que construimos cotidianamente.
En ese marco, si el capitalismo expulsa y precariza, el cooperativismo organiza y sostiene. Porque frente a un sistema que mercantiliza la vivienda y precariza la vida, el cooperativismo propone otra lógica, la de la solidaridad, la autogestión y la construcción colectiva de soluciones para habitar la ciudad con dignidad.
El derecho a la vivienda, como sabemos, no es neutro al género. La forma en que se distribuye el suelo urbano, la localización de los barrios y el acceso a servicios y oportunidades, impactan de manera diferenciada en mujeres, diversidades y varones. Las distancias, los tiempos de traslado y la organización cotidiana de los cuidados suelen recaer de manera desproporcionada sobre las mujeres, quienes en gran medida sostienen tareas de cuidado históricamente invisibilizadas por la sociedad, pero fundamentales para el sostenimiento de la vida cotidiana.
Por ello el acceso a la tierra, por sí solo, no garantiza autonomía. Sin independencia económica, sin reconocimiento del trabajo reproductivo y comunitario, sin condiciones materiales que permitan decidir sobre la propia vida, las desigualdades se reconfiguran incluso dentro de los espacios que buscan transformarlas.
Como ha señalado Silvia Federici, el capitalismo se sostiene sobre la explotación del trabajo reproductivo no remunerado, es decir, sobre aquellas tareas cotidianas que garantizan la reproducción de la vida. Si no problematizamos cómo se organiza y distribuye este trabajo también dentro de nuestras cooperativas, corremos el riesgo de reproducir al interior de estos espacios las mismas desigualdades estructurales que buscamos transformar.
A su vez, Judith Butler nos invita a reflexionar sobre las “vidas precarias”, entendidas como aquellas cuya vulnerabilidad se intensifica cuando no cuentan con las mismas condiciones de reconocimiento social y protección colectiva. En este marco, la autonomía económica constituye una condición central para que las personas puedan desarrollar sus vidas con dignidad y con capacidad real de decisión.
Disputar la ciudad, entonces, no implica únicamente acceder a un terreno o construir una vivienda. También supone generar condiciones para que mujeres y disidencias puedan desarrollar proyectos productivos, fortalecer redes y construir autonomía económica. En ese sentido, la primera feria de emprendedoras convocada por la Comisión de Género de FECOVI, este 20 de marzo de 2026 a realizarse en Plaza las Pioneras, constituye una iniciativa concreta orientada a fortalecer esas redes y visibilizar el trabajo de muchas mujeres y disidencias dentro del movimiento cooperativo. No se trata únicamente de un espacio de venta. Es también una práctica de organización colectiva que aporta a:
● la redistribución, al fortalecer economías populares y solidarias;
● el reconocimiento, al visibilizar saberes y trabajos;
● la organización, al tejer redes entre mujeres y disidencias cooperativistas.
Desde la economía feminista latinoamericana se insiste en colocar la sostenibilidad de la vida en el centro. Esto implica preguntarnos no sólo cómo construimos viviendas, sino también cómo generamos condiciones para vivir con autonomía, dignidad y derechos. El cooperativismo de vivienda ha demostrado ser una herramienta poderosa de transformación social. Pero para que siga siéndolo, necesita profundizar su compromiso con la equidad de género, no sólo en términos de participación, sino también en la redistribución del poder, del trabajo y de los recursos. Porque construir viviendas no es solo levantar paredes, es también disputar el modelo de ciudad y el modelo de sociedad que queremos habitar.
Este 8 de marzo reafirmamos que la lucha por la vivienda y la lucha feminista, no son caminos paralelos. Son parte de la misma disputa por sostener la vida frente a un sistema que la precariza.
*Catherine Areán es Licenciada en Trabajo Social, cooperativista de COVIAFUTU e integrante de la Comisión de Género de FECOVI.
