Catherine Areán*
Cada 20 de mayo, las calles de Montevideo vuelven a llenarse de silencio. Un silencio que, lejos de expresar ausencia, constituye una de las formas más profundas de presencia colectiva y de construcción de memoria en el Uruguay contemporáneo. La Marcha del Silencio se ha consolidado, a lo largo de los años, como un acto político y social de enorme relevancia, no solo por el reclamo de verdad y justicia, sino también por su capacidad de sostener viva la memoria colectiva frente al olvido, la impunidad y la fragmentación social.
La memoria no constituye únicamente un ejercicio retrospectivo sobre el pasado. Es, ante todo, una disputa sobre el presente y sobre los horizontes de sociedad que se proyectan hacia el futuro. Recordar implica reconocer las marcas históricas que atraviesan nuestras formas de habitar la ciudad, de construir vínculos y de organizarnos colectivamente. Implica comprender que los procesos autoritarios no dejaron solamente consecuencias individuales, sino también profundas huellas sociales, territoriales y políticas.
En ese marco, las organizaciones populares han desempeñado históricamente un rol central en la construcción y transmisión de la memoria colectiva. Y el cooperativismo de vivienda no ha sido ajeno a ello. Las cooperativas de vivienda, constituyen mucho más que una respuesta habitacional. Son espacios de organización social, de participación democrática y de construcción comunitaria donde la solidaridad y la acción colectiva adquieren un lugar central. En ellas no solo se construyen viviendas, se construyen también formas de convivencia, redes de cuidado, identidad barrial y memoria compartida.
En tiempos donde predominan discursos individualizantes y lógicas de fragmentación social, las cooperativas continúan sosteniendo prácticas colectivas que resultan profundamente significativas. La autogestión y la vida comunitaria constituyen, también, formas de resistencia frente a modelos de sociedad basados en el aislamiento, la mercantilización de la vida y el debilitamiento de los lazos sociales.
Las cooperativas han sido, históricamente, espacios donde los distintos sectores disputan el derecho a la ciudad y construyen alternativas colectivas frente a las desigualdades urbanas. Pero, además, han funcionado como territorios donde circulan historias, experiencias y memorias compartidas que fortalecen el tejido social y la construcción democrática.
En ese sentido, sostener la memoria constituye también una tarea profundamente política. Porque una sociedad sin memoria es una sociedad más vulnerable frente a la repetición de las violencias, la exclusión y el autoritarismo.
A más de 50 años del avance del terrorismo de Estado en nuestra región, el 20 de mayo continúa interpelándonos colectivamente. Nos recuerda la importancia de defender la democracia, fortalecer las organizaciones populares y seguir construyendo espacios colectivos donde la solidaridad, la participación y la memoria permanezcan vivas.
“Por lo chiquitos que faltan. Por los chiquitos que vienen. Uruguayos: ¡Nunca más!”
*Catherine Areán es Licenciada en Trabajo Social, cooperativista de COVIAFUTU e integrante de la Comisión de Género de FECOVI.
