Mónica Luzardo Cardozo *
Transitamos este mes de marzo entre movilizaciones, proclamas y reivindicaciones políticas de mujeres y disidencias, en un contexto regional y global de autoritarismo y arrasamiento de derechos, pero también de resistencias y luchas colectivas.
Según CEPAL-ONU Mujeres, la desigualdad de género es un rasgo estructural de América Latina y el Caribe, caracterizándose por la persistencia de brechas en diversas dimensiones donde se reconocen cuatro nudos estructurales: la desigualdad socioeconómica y la persistencia de la pobreza en el marco de un crecimiento excluyente; los patrones culturales patriarcales, discriminatorios, violentos y el predominio de la cultura del privilegio; la división sexual del trabajo; la desigual organización social de los cuidados, y la concentración del poder y las relaciones de jerarquía en el ámbito público, de donde las mujeres son mayoritariamente excluídas.
La posición social que ocupan mujeres y varones en la sociedad condiciona el acceso a determinados bienes materiales que hacen a las condiciones de vida.
La asignación de roles diferenciados se desprende de estereotipos de género que perpetúan las desigualdades de género, el triple rol de las mujeres productivo, reproductivo o productivo no asalariado y comunitario, posiciona a varones y mujeres con diferentes oportunidades en el acceso a los recursos de tierras y viviendas.Visibilizar las consecuencias de las barreras y brechas de género en el acceso a la vivienda en general, sobre todo de aquellas mujeres con hogares monoparentales, es decir con hijos e hijas a cargo, que pertenecen a los quintiles medios y bajos y/ó se encuentran en situaciones de violencia basada en género y generaciones, es clave y un gran desafío para el sistema cooperativo de viviendas de usuarios, en la construcción de equidad y justicia social.
Es fundamental considerar las necesidades prácticas de las mujeres que condicionan el logro de los intereses estratégicos, en tanto condicionan la autonomía y el ejercicio de la ciudadanía, en el marco de un sistema que mercantiliza la vivienda, precariza la condiciones de vida y asigna las tareas domésticas y de cuidados a las mujeres.
Siguiendo a la compañera Catherine Areán, frente a este sistema capitalista y patriarcal que expulsa y precariza, el cooperativismo organiza y sostiene; proponiendo otras lógicas, de la solidaridad, igualdad, ayuda mútua, autogestión y la construcción colectiva.
La autonomía como parte del empoderamiento de las mujeres es producto de procesos de desarrollo que se dan cuando se posee democracia, libertad, derechos y recursos y las mujeres pueden dirigirlos a su desarrollo, potenciación y bienestar (Lagarde, 2012).
La autonomía es una herramienta necesaria para configurar nuevas formas de organización. Expandir el espacio de reproducción, saliendo y partiendo del hogar como forma de creación de comunidad, con sistemas donde los cuidados y la reproducción de la vida sea compartida, donde se rompa con el aislamiento, permite enfrentar desde el apoyo y la vida comunitaria a los mecanismos destructivos e individualizantes con que opera el capitalismo (Federici, 2013).
Donde las desigualdades de poder están organizadas en al menos tres ejes: clase social, raza y género; donde la intersección de estos conceptos contribuye a comprender y analizar las condiciones de las opresiónes.
Por último, fomentar la transferencia de herramientas, experiencias, propuestas, mecanismos de participación y diálogo entre los gobiernos locales y las organizaciones promueve una gestión democrática de las ciudades y los territorios, con la participación activa de las mujeres, (Falú, 2012), construyendo cooperativismo de vivienda, organización, tejiendo autonomías colectivas, resistencia y comunidad.
* Mónica Luzardo Cardozo, es Licenciada en Psicología, Maestranda en FLACSO Uruguay, cooperativista de vivienda de LA FUGA e integrante de la Comisión de Género de FECOVI.
